Compasivo pero no complaciente

Creo que no he escuchado nunca a nadie decir, cuando un amigo le acaba de contar sobre su trabajo, su carrera o su vida en general, alguna de las frases siguientes: "Procrastinas demasiado", "Pierdes el tiempo" o "No te exiges suficiente".
Invariablemente, cuando alguien le confiesa a otro que no ha logrado acabar aún ese proyecto en el que lleva años inmerso, o que no ha encontrado tiempo para coger la guitarra o repasar el inglés, o que tal semana no pudo cumplir ni la mitad de las tareas que tenía pendientes, el depositario de la confesión siempre le dispensa de su falta, juzgando que el verdadero problema es que se exige demasiado; es decir, que sus expectativas no están alineadas con la realidad, o que sobrepasan su capacidad de hacer lo que desearía hacer.
Puede que en algunos casos sea cierto. No me extraña que en una sociedad tan acelerada como la nuestra muchos de nosotros llevemos un reloj interno desincronizado respecto al tiempo real y que juzguemos que las cosas cuestan menos de lo que en realidad cuestan. Estamos habituados a consumir películas, libros y series a grandes velocidades para poder mantenernos al día respecto a la cultura y las charlas en nuestro entorno, y esto puede que juegue un papel en cómo creemos que estas se producen.
Así que sí, es posible que muchos tengamos las expectativas muy altas respecto a lo que podemos cumplir en un solo día, semana o año. No obstante, me extraña que en todas estas historias de falta de tiempo, acumulación de deberes y deseos frustrados se le achaque siempre la culpa a nuestra autoexigencia. Hay ciertas historias que me hacen sospechar que lo contrario es el caso, que estamos siendo indulgentes con nosotros mismos; de hecho, diría que la complacencia es el estado natural de las cosas en esta sociedad. 
"A lo mejor te estás exigiendo demasiado". Andreu, mi chico, me dijo esto hace poco, con la mejor de las intenciones. Durante ese finde había estado inquieta, de aquí para allá, sin ponerme a hacer nada de lo que querría haber hecho y mirando por la ventana con tristeza porque llovía a mares y a mí me parecía una injusticia que no hiciera un poco de sol para alegrarme el ánimo y darme fuerzas para trabajar. Quizá si me hubiera forzado un poquito, hubiera apenas puesto en marcha la máquina, hubiera descubierto que la inercia del primer empujón me llevaba unos metros más de lo esperado, y que después de la cuesta inicial había una pendiente que bajaba; esto no lo sé, pero lo sospecho, porque muchas veces es así. En cualquier caso, llevaba todo el finde desficiosa, como decimos en Valencia, y sabía que no tendría por qué haber sufrido así: podría haber elegido hacer ejercicio, aunque fuera dentro de casa siguiendo un vídeo de yoga en Youtube; podría haber intentado poner orden a mis notas para un libro, o incluso escrito directamente, a la buena de dios. 
Así que no, no creo que me exigiera demasiado, no en el sentido de autoexplotarme para tachar más y más ítems de mi lista de tareas, ni en el de forzarme a trabajar bajo unas condiciones físicas o psíquicas inaceptables. Creo que no soy la única a la que le sucede esto, esta dolorosa postergación kafkiana que tendría fácil remedio si nos diéramos a nosotros mismos un empujoncito. Porque, en realidad, ponerse con algo es muchas veces cuestión de convencernos a nosotros mismos de que ese primer empujón vale la pena.
En cierto otro sentido, sin embargo, sí me estaba exigiendo demasiado. Cuando me encuentro en esos estados de agitación, inquietud y energía desbocada (desfici, es que no hay otra palabra), es porque hay algo en mi configuración psíquica que me está haciendo sentir y actuar, y ser humano es también experimentar estos estados y a veces no saber qué hacer con ellos, aunque la solución parezca muy evidente desde fuera.
Así que, por un lado, coincido con y abrazo una de las máximas del New Age: sé compasivo contigo mismo. Si caes, es mejor tenderte a ti mismo la mano que darte una patada mientras estás en el suelo. 
Pero, por otro lado, sé compasivo pero no complaciente. No me gusta haber desperdiciado el fin de semana así y busco medios para no repetirlo, pero procuro no machacarme por ello y aprender. 
He aprendido (o mejor digamos que estoy aprendiendo y aún me va a costar varias recaídas) que de nada sirve esperar a que la ocasión sea propicia; a veces lo será y a veces no. Estoy aprendiendo que la energía psíquica es limitada y se dispersa fácilmente, y que es un bien preciado que debo proteger y aumentar. Estoy aprendiendo que la creatividad cuesta, que hay que motivarla, dejarle espacio, alimentarla. Estoy aprendiendo que la felicidad más duradera es la que proviene de esas pequeñas batallas con uno mismo, se gane o se pierda, y no de permanecer detrás de las murallas, calentito y bien alimentado, entretenido por un puñado de juglares. 
Por eso creo que deberíamos revertir esta costumbre de justificar al otro y, en su lugar, animarle a que lo intente con más empeño. Creo que es un halago mucho más poderoso decirle a ese amigo que ha perdido el fin de semana mirando las musarañas que debería ponerse a trabajar porque tiene un talento precioso y un potencial enorme, que no se deje llevar por la resistencia. Que sí, que tú también tienes días así, incluso semanas o meses, que los tenemos todos y que debe ser compasivo consigo mismo, pero que si tiene algo que aportar al mundo, que debería dedicarle al menos un poquito de su energía cada día, que quieres ver su proyecto acabado y que crees en él.

2 Comments on “Compasivo pero no complaciente”

  1. Hola Marta!
    Bostezar, rascarse la barriga y mirar por la ventana es el mejor remedio que existe para cargar las pilas. Descansar la mente y el cuerpo (lo necesario, sin pasarnos) es lo mejor que podemos hacer para arrancar con fuerza los proyectos y tareas pendientes. Si te permites ese respiro, las ganas aparecerán solas sin tener que luchar para encontrarlas y casi sin darte cuenta.
    Es cierto que podrías haber empleado el tiempo en hacer mil cosas, pero al terminar te encontrarías con otras mil por hacer.
    Para recuperar las fuerzas también tenemos que aprender a descartar cosas, gente y asuntos que no nos aportan nada y son un enredo sin fin. A veces, por no quedar mal o por supuestas obligaciones, nos empeñamos en solucionar temas que a lo mejor sería preferible dejarlos correr, olvidarlos y centrarnos en los importantes. ¿Ser un poco egoístas?
    Tenemos que facilitarnos las cosas. Evitar las distracciones, cerrar la puerta y pedir que no te molesten cuando trabajas (esto hay que explicarlo y puede ser difícil).

    Espero que encuentres pronto a la musa inspiradora y que brote ese libro que llevas dentro!

    1. Hola, Gregorio!

      No, hombre, si yo me facilito mucho las cosas, tranquilo. Lo de rascarse la barriga me lo sé y lo considero una parte sagrada de mi rutina. La clave está en encontrar un buen equilibrio. Igual que lo de ingresos y gastos en contabilidad, la creatividad también requiere que ingresemos un poco sosiego, otro poco de aventura y aleatoriedad, algo de inspiración y muchas siestas, pero la balanza ha de equilibrarse “gastando” esa energía creativa en proyectos, ideas, trabajos, arte… y todo esto suele requerir un esfuerzo que nos resulta difícil, al menos en comparación con los placeres más sencillos y pasivos.

      En este artículo hago hincapié en la necesidad de “gastar” esa creatividad, o más bien de invertirla, aunque requiera un esfuerzo inicial (casi siempre lo requiere). Lo que pasa es que resulta muy fácil dejarse llevar, evitar lo que nos cuesta más, procrastinar. Los mensajes que suelo escuchar siempre van en la dirección misma dirección: “no te esfuerces demasiado”, como si la epidemia fuera de hiperproductividad, que lo es en muchas cosas, pero no en otras. Muchas veces lo que observo, no solo en mi vida sino en la de gente cercana a mí, es una dificultad para disciplinarnos en todo aquello que proviene del interior, sobre lo que nadie nos va a obligar, y las potencialidades se quedan sin desarrollar y los proyectos no ven la luz. Es en estos casos en los que nos vendría bien más disciplina y menos complacencia.

      Tú lo sabes bien que acabas de publicar un libro, y seguro que muchas veces habrás tenido que obligarte a sentarte frente al ordenador. 😉

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