¿Dónde está el placer?

“Tengo 24 años y no sé qué hacer con mi vida”. “Pues yo tengo 30 y tampoco lo sé.” 

¿Qué se hace con la vida? Vivirla, plenamente a ser posible, con lo bueno (o lo que etiquetamos como tal) y lo malo (ídem). Esto que sabemos todos no es la respuesta que mi amigo quería escuchar, ni tampoco la que yo quise escuchar meses atrás. Me la dio una amiga que me aventaja también unos seis años, curiosamente, y yo ahora me veo reflejada en las palabras de mi amigo veinteañero, que tiene las mismas inquietudes que yo, la misma frustración, las mismas estrategias para sentirse bien, sentir que tiene la vida bajo control y que su identidad está afianzada. Es un chico muy capaz, valeroso, disciplinado, fiel a sus palabras, de esas personas con las que se puede contar siempre. Y rígido. Se machaca cuando falta a su palabra (por eso es fiel a ella), especialmente con los compromisos que contrae consigo mismo. Claro que, por otro lado, se pone siempre el listón muy alto y, ¿cómo no va a fallar, aunque solo sea una vez? En fin, lo sé porque le llevo seis años de ventaja siendo exactamente como él. 

El último de sus grandes gestos para poner orden a esta vida caótica y para poder decirse a sí mismo que lo tiene todo bajo control es decidir que durante tres meses va estudiar todos los días al menos una hora sobre un nuevo campo que ha estado investigando y que le ha parecido interesante, una posible vía profesional y proyecto empresarial, y de paso va también a centrarse, salir menos (beber menos) e ir al gimnasio todos los días (esto ya lo hacía antes). Ha comprometido los próximos tres meses a una visión encorsetada de sí mismo, como una persona sana, “centrada”, que camina día a día hacia su objetivo, y en esa visión no hay mucho espacio para la espontaneidad, para que un día se dé completamente la vuelta y no haga nada de lo planeado. Porque si eso sucede y falta a su plan, habrá fallado en su compromiso consigo mismo y se sentirá mal por un día “perdido”. 

Ese día perdido a lo mejor habrá estado lleno de cosas extraordinarias (se cruza con un viejo amigo por la calle y van a tomar algo, hacen un concierto en Viveros, alguien da un webinar interesante pero que no va de “lo suyo”...), pero con la mentalidad de cumplir objetivos él habrá transitado ese día angustiado porque no llega, porque no le da para todo. O tal vez se habrá consentido vivir el momento y disfrutarlo, pero cuando llegue la noche y rinda cuentas de lo logrado sentirá que ha malgastado el día. No lo sé, en realidad, porque no soy él y hablo desde lo que me ha pasado a mí muchas veces.

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Cuando mi amigo se pregunta qué hacer con su vida en realidad se pregunta qué hacer de provecho, y empieza a trazar grandes planes y visiones de un futuro exitoso en este o aquel proyecto. Cada día es un peldaño de la escalera que le llevará a la estabilidad y a la felicidad. Por eso necesita orden en su día a día, porque la escalera es muy alta y llegar hasta la cima requiere de un esfuerzo constante durante largo tiempo.

Nos enseñan que así es como se sueña, que todos los grandes empiezan siendo mindundis con una visión que llegaba a las estrellas (porque si apuntas alto se supone que llegas más lejos). También nos enseñan que hay que plantearse objetivos, ser eficientes, eficaces, óptimos, proactivos y, sobre todo, que todo tenga un para qué, que nuestro día esté alineado con nuestra visión de futuro o, de lo contrario, nos estaremos saboteando. Los demás exprimen su día al 100% y si tú no lo haces te quedas atrás.

Resulta difícil resistirse a la seducción del éxito y la fama. Ver a alguien que ya está ahí, que ya está cosechando los frutos de su esfuerzo, y no desear estar en su mismo lugar no es cosa fácil. Todos sabemos de sobra que llegar ahí no nos garantiza la felicidad (¿cuántos ídolos de masas han caído a lo más bajo después de conseguirlo todo?), pero aun así comparamos y queremos su vida, en la que ya todo está logrado, aparentemente. “Qué bonito sería tener mi propia empresa”, “Ojalá pudiera vivir de mi cartera de acciones”, “Me gustaría poder dedicarme solo a la escritura (pintura, danza, macramé...)”.

Mi última obsesión es vivir en el campo en una casa bioclimática, tener un huerto ecológico y ser autosustentable. Para ello trazo planes, marco objetivos, visualizo la meta, desgrano los pasos a dar…

Todo eso está muy bien, pero con el afán de trepar un peldaño tras otro nos olvidamos del momento presente y del placer intrínseco de las cosas y de los momentos que vivimos. A veces la obsesión de alcanzar una meta nos obnubila tanto que ni siquiera sabemos realmente si eso que hacemos para llegar hasta ella nos da placer, si disfrutamos los pasos que nos conducen a la meta. 

En mi caso, con mi obsesión con la vida idílica en el campo (entendible en estos tiempos de restricción de libertades), me olvidé de atender a las plantas que ya hay en mi casa y que languidecen en macetas muy pequeñas o por falta o exceso de agua, pero, sobre todo, por falta de atención. 

Cuando aparto la mirada de la meta y me acuerdo de que disfruto, y mucho, tocando la tierra, limpiando las hojas, podando, simplemente mirando las plantas… entonces la vida cobra sentido. La meta puede llegar más pronto o más tarde, o no llegar nunca: no importa. Lo que importa es que lo que hago está alineado con mi sentir esencial, que es la búsqueda del placer, del gozo.

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También puede pasar que se nos presente una meta muy apetecible a raíz de una idea que nos ha sobrevenido o por una experiencia puntual que hemos tenido. Algunas ideas son pegajosas y no se nos quitan de encima hasta que nos sentamos y la sentimos realmente, buscamos el núcleo de esa idea, en lugar de irnos a las ramificaciones. El núcleo para mí es el placer que esa idea nos entrega cotidianamente, al margen de los posibles frutos: si el día a día viviendo esa idea, aunque no nos reportara jamás dinero, poder o fama, nos haría felices. 

Voy a compartir otro ejemplo mío que hará reír a más de uno que me conozca. Se me ocurrió que en Valencia hacía falta una casa de comidas saludable y con platos que cumplieran sobradamente con las necesidades nutricionales de cualquiera: deportistas, ancianos, niños o gente muy estresada. Sigo pensando que es un buen nicho de mercado, porque no he visto aún una sola casa de comidas que no lo embadurne todo con aceite, pero lo que fallaba con mi idea es que a mí no me entusiasma cocinar, ni tampoco inventarme platos. Entre fogones mi límite es una hora diaria, y mi pareja siempre dice que soy una excelente “seguidora de recetas”, y se pone tenso cuando le digo que he improvisado el plato del día.

Entre mi idea de una vida bucólica y la de la casa de comidas hay espacio para muchos niveles de entusiasmo, talento, dedicación, realismo… Pero es muy fácil asirse a la primera idea buena que se nos ocurre y visualizar solo las condiciones óptimas de esa idea, la meta ya alcanzada y rebasada. Vemos el final, la cosecha de los frutos, y nos olvidamos de que esos frutos no merecen la pena si no hemos disfrutado de plantar la semilla, de verla crecer, de regarla, de abonarla, e incluso del momento de pánico cuando avistamos el reguero de baba de un ejército de caracoles hambrientos. Tiene que haber disfrute en cada una de esas fases. En tal caso, es más probable que la semilla llegue a dar frutos, pero tampoco eso lo garantiza. Sin embargo, si no los da no nos importará realmente.

No es imposible obtener los frutos, llegar a la meta, en ausencia del entusiasmo y el disfrute, a fuerza de férrea disciplina, de ser personas fieles a su palabra, comprometidas consigo mismas y sus ideas… pero, ¡ay de todos esos años en persecución de un objetivo tras otro, cuando atravesamos la línea de meta y detrás solo hay vítores vacíos! El descanso, el “ahora sí”, la estabilidad y la felicidad ansiadas no llegan. Pronto divisaremos otra meta, o nos la inventaremos, y nos lanzaremos a ella con el mismo afán de antes, amnésicos del proceso que ya hemos pasado, porque si nos paráramos tal vez descubriríamos que ni siquiera nos gusta eso que estamos haciendo, ¡que en realidad no nos gusta cocinar!

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Hace poco leí el libro Big Magic de Elizabeth Gilbert. Muy recomendable para cualquier persona que esté en busca de su artista interior, acompañado de El Camino del Artista. Gilbert es famosa por su bestseller Come, reza, ama, que llegó al primer puesto de las listas durante mucho tiempo y cuyos derechos vendió para hacer una película protagonizada por Julia Roberts y Javier Bardem. Un exitazo probablemente irrepetible. Ella sabía que iba a ser muy difícil o imposible estar a la altura de su éxito anterior, y de que todo el mundo iba a comparar todos sus libros posteriores con Come, reza, ama. Lo que cuenta en Big Magic es que ella no había tenido ningún objetivo cuando escribió aquello que llegó a ser un bestseller y que iba a seguir sin tenerlo. Escribía porque eso era lo que disfrutaba haciendo y daba igual que el éxito de Come, reza, ama no volviera a repetirse nunca. Antes de saltar a la fama, durante muchos años estuvo yendo de trabajo en trabajo y escribiendo en sus horas libres por el placer de hacerlo, nada más. No es que no tuviera la ambición de que sus libros se publicaran: enviaba sus manuscritos a una editorial tras otra, sus relatos a cientos de revistas, y coleccionaba todas las cartas de rechazo que recibía. Esto es lo que ella cuenta:

Recuerdo haber tenido la clara sensación de que nunca podría desgastarlos [a los editores], esos guardianes sin rostro y sin nombre de la puerta que asediaba incansablemente. Puede que nunca se rindan ante mí. Puede que nunca me dejen entrar. Puede que nunca funcione.

No importaba.

De ninguna manera iba a renunciar a mi trabajo simplemente porque no estaba "funcionando". Eso no tendría sentido. Las recompensas no podían provenir de los resultados externos, lo sabía. Las recompensas tenían que provenir de la alegría de resolver el trabajo en sí, y de la conciencia que tenía de haber elegido un camino vocacional y de estar siéndole fiel. Si algún día tenía la suerte de que me pagaran por mi trabajo, sería genial, pero mientras tanto, el dinero siempre podría venir de otros lugares. Hay tantas formas en este mundo de ganarse la vida suficientemente bien, y probé muchas de ellas y siempre me las arreglé bastante bien.

Yo era feliz. Era una don nadie y era feliz.

He hablado antes de que mi amigo era rígido y se ponía metas muy ambiciosas, compromisos consigo mismo a los que era fácil faltar. Cuando vives como Gilbert, guiándote por el placer de desarrollar un arte, el que sea (arte en minúscula, que puede ser cualquier cosa que te pique la curiosidad y despierte la creatividad), entonces la rigidez se desvanece, porque la meta deja de ser importante, y puedes volver a ser flexible en tu día a día.

A lo mejor no lo tienes tan claro como Gilbert, no sabes qué es eso que te da placer y cuyos resultados te traen sin cuidado. Supongo que entonces es más peligroso aún dejarse seducir por la imagen de la meta cumplida, la idea de que encontrarás la felicidad (el placer duradero) en algo que está más allá. Si no tienes aún la certeza, experimenta. Prueba a escribir, a pintar, a cuidar las plantas, a estudiar un idioma, a cocinar para grupos… Tampoco mi amigo tiene claro “qué hacer con su vida”. Ha despertado su curiosidad la hidroponia y, si le preguntas, te dirá que es fácil de rentabilizar, que hoy en día hay muchas posibilidades, que le gustaría en un futuro dedicar un edificio entero. Me recuerda a mí haciendo números con lo que costaría cocinar para toda una oficina y si saldría a cuenta contratar a alguien. 

Lo de la hidroponia pinta bien. Ahora solo tiene que experimentarlo. Vivir el momento con sus lechuguitas en la canaleta reciclada de una obra, ver si le da satisfacción. 

Me he dado cuenta estos días que no es del todo cierto lo que le respondí a mi amigo. Sí sé qué hacer con mi vida: lo que estoy haciendo. Eso que estoy haciendo mañana puede ser otra cosa, tal vez, pero por ahora me basta porque me hace sentir bien. Tengo un trabajo estimulante, en el que siento que aporto mucho de mí misma, para una persona y un sitio que hacen un gran bien a las personas. Escribo en mis ratos libres, como hacía Gilbert, porque lo disfruto, y si los guardianes del mundo editorial nunca me dejan pasar no habrá importado. Aunque nunca tuviera ningún “resultado”, creo sinceramente que en mi lecho de muerte estaría satisfecha. 

En realidad, lo que no sé es qué va a ser de mi vida, como no lo sabe nadie. No sé si se dará esa vida idílica en el campo o no, ni si algunas de mis otras rocambolescas ideas llegarán a algo o pasarán de moda en la frenética pasarela de mi mente. No importa. Tengo el placer como brújula, trabajo en ser más flexible y en fluir, me pongo pocos objetivos y pequeños porque no me hacen tanta falta como antes. Hay días y días, a veces el entusiasmo se desvanece y parece que nunca haya estado ahí, que me lo había imaginado, pero incluso en esos momentos recuerdo que todo está bien, que hay que seguir caminando y que no importa no saber. 

En realidad, nadie quiere saber, saber a ciencia cierta todo. La vida sería muy aburrida si pudiéramos predecir cómo va a resultar cada cosa que tramamos. Lo único que queremos realmente es confiar.

En la última semana de El Camino del Artista, Julia Cameron propone utilizar una afirmación para esos momentos de duda: “Confío en mi propio guía interno”. Yo propongo otra más, “¿Dónde está el placer en eso que haces?

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