La ley de la atracción y las personas abundantes

Aquello de que obtendremos mágicamente del universo lo que proyectemos más fuerte siempre me ha parecido sospechoso. La mente es poderosa, cierto, pero si no va acompañada de un brazo igualmente poderoso, ningún pensamiento, por muy energizado, cargado de chi o repetido mil veces como un mantra, va a manifestar un salario de más de cuatro dígitos, una transformación milagrosa ni una obra de arte revolucionaria.
Dicho esto, que aunque pueda parecer obvio yo lo necesitaba decir, sí que pienso que existe cierta ley de la atracción, con unos principios que operan de forma bastante mundana. Hay gente que atrae los buenos deseos, la lealtad, el dinero de los otros. 
 
No sé cuál es la fórmula exacta, pero creo que sé por lo menos algunos de sus componentes, gracias a la influencia de algunas personas de mi entorno y mi propia experiencia en ello.
 
Voy a poner el ejemplo de una persona a la que aprecio mucho. No creo que llegue a leer esto, pero por si acaso voy a utilizar un pseudónimo y camuflar su historia con otras particularidades. Digamos que hablo de Pepe, un chico con un gran talento musical, que hasta personas que no saben nada de música (como yo), saben que hay algo en su manera de tocar que lo hace especial. También compone, pero esto lo mantiene en la intimidad. Pepe hizo sus pinitos en la música tocando en un par de bandas, en algunas jams y pequeños bolos en los que trabajaba gratis o casi gratis. Llegaron a recurrir mucho a él, porque era muy bueno y estaba siempre dispuesto a intercambiar una tarde al piano por cualquier tipo de favor (una cena, clases de inglés, que le echen un cable con su web). Después de algunos años, Pepe, de quien ya no se podía decir que solo fuera bueno, sino que ahora también tenía experiencia, empezó a pedir que se le pagara adecuadamente. Inmediatamente, los que se habían estado aprovechando de él todos aquellos años encontraron formas de prescindir ahora de sus servicios, gracias a que siempre hay alguien dispuesto a hacer lo mismo más barato. Le salieron algunos pocos conciertos, algunas jams y clases de música, pero eran cosas temporales y con las que no podía mantenerse, y acabó por aceptar un trabajo que no tenía nada que ver con lo suyo y con el que no estaba muy a gusto. 
 
Hoy por hoy, Pepe sigue ahí. De vez en cuando toca, pero solo cuando le llaman, que es cada vez con menos frecuencia. No busca, no se promociona, puede que haya perdido la fe. Tiene una web a medio montar desde el 2016. Cuando por un casual me encuentro con algún trabajo relacionado con lo suyo, siempre recomiendo a Pepe, pero rara vez le acaban llamando, y cuando lo hacen el trabajo no sale adelante o se lo acaba quedando otro.
 
Luego tengo el ejemplo de otra persona a la que aprecio y también admiro. Es difícil no admirarla cuando sabes todo lo que hay detrás. Digamos que se llama Laura, y que tiene una empresa. Laura, día sí día no, vuelve a casa a las 10 de la noche, trabaja los fines de semana y le encanta lo que hace. Por suerte, ahora está empezando a bajar el ritmo porque se ha dado cuenta de que no hace falta ir a la carrera, ya no. Igual no ha llegado a la última cima, pero está en una cima al fin y al cabo y lo que toca es abrir los brazos e inhalar profundamente, disfrutar de las vistas. Laura y su empresa sufren reveses de vez en cuando, sus sueños se desdibujan y tiene que volver sobre sus pasos y replantearse las cosas, y esto le ha sucedido no una ni dos veces, sino por lo menos una vez al año, pero Laura lo acepta y sigue adelante porque confía en su propósito, y su propósito es algo voluble que reajusta según las circunstancias de su vida y lo que va aprendiendo sobre sí misma. 
 
La diferencia entre mi amigo Pepe y mi amiga Laura es evidente: el uno no cree en sí mismo ni en su capacidad (o talento, o propósito) y la otra sí, o al menos cree lo suficiente como para sobreponerse cuando llega un revés de la vida. Además, el primero no es flexible, no es capaz de adaptarse a los cambios; la segunda, sí. 
 
Personas como Laura atraen la lealtad, el tiempo y el dinero de los demás. A mi amiga Laura, yo siento deseos de darle todo lo que pueda, porque sé que lo agradecerá y que hará con ello algo valioso. A mi amigo Pepe le digo todo el tiempo: "¡Tienes un potencial enorme, desarróllalo!"; sin embargo, no invertiría mi propio dinero en él porque él mismo no ha demostrado hacerlo.
También yo he experimentado en mi propia vida esto de la ley de la atracción. Me resulta más evidente ahora, en retrospectiva, cuál fue el momento exacto en que dejé de interesarme por WriterMuse: fue cuando las colaboraciones que tenía en marcha con mis amigos dejaron de fluir. Yo seguía al pie del cañón, escribiendo artículos y gestionando las redes, y por tanto no me di cuenta de que estaba perdiendo fuelle; sin embargo, dos de mis amigos, por las razones que sea (yo creo que inconscientes) dejaron de enviarme el contenido que esperaba de ellos, pese a que lo teníamos pactado desde hace tiempo. Yo tampoco les insistí al respecto, me doy cuenta ahora: es como si secretamente hubiera dejado de dirigir mi atención y energía hacia allí.
Si esta lectura te ha parecido un cuento moralizante capitalista, no era mi intención. He cogido estos dos ejemplos que tienen que ver en parte con el éxito económico porque son también los más evidentes, pero conozco a otras personas que no tienen especial éxito económico, no según los baremos que utilizamos habitualmente, pero que son muy abundantes de otras muchas formas, que se han construido y reconstruido a sí mismas, que hacen arte, enseñan, participan en política, intelectualizan, son voluntarias. En realidad, estoy pensando sobre todo en mi amiga María, esta sí que con su verdadero nombre e historia. María también es de esas personas que te hace querer dar todo lo que tienes. Estas son personas, en esencia, abundantes.
 
Podría acabar con una moraleja fácil (ej.: "hay circunstancias que facilitan o dificultan que tengamos éxito, pero si creemos realmente en ello, otras circunstancias favorables se pondrán de nuestra parte"), pero en realidad lo que me ha llevado a escribir esto no es la conclusión evidente. Lo que me fascina de todo este asunto es cómo opera en nosotros inconscientemente el deseo de favorecer a unos, y la intuición de que nuestra ayuda, en otros casos, no servirá de nada; cómo se revierte en este caso el acto caritativo, en el sentido de limosna que se da a los necesitados: es a los más abundantes, al menos en espíritu, a los que a menudo deseamos entregarles lo que tenemos. Al menos eso es lo que me sucede a mí y también a algunas personas con quienes he compartido este pensamiento. 

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