Logrémoslo (entre) todos

Siempre me ha resultado vagamente sospechosa la fijación del capitalismo neoliberal con el empoderamiento personal (más que personal, individual) y su insistencia en que nos responsabilicemos de nuestras propias vidas. Tenemos el trabajo que tenemos (camarero, maestro, científico en el paro o en el exilio, programador) porque lo hemos elegido. Podríamos llegar más lejos o darle completamente la vuelta, podríamos triunfar, si nos lo propusiéramos. Solo hay que ser creativos y tener la convicción necesaria, y echarle más horas que nuestros vecinos, y voilà, el éxito.
 
El problema no es que esto sea una mentira descarada (sería más sencillo si lo fuera), sino que es una verdad a medias y un mecanismo de ocultación, un truco del trilero para que sigamos jugando a su juego.
 
Sí, mi trabajo y mi vida son responsabilidad mía, pero no exclusivamente. Sí, una convicción suficientemente fuerte puede superar grandes obstáculos, pero no todos, y una convicción mediana sumada a unos medios mejores tiene las de ganar (véase el empresario que emprende con el dinero de su familia). Sí, el que le echa más horas y está dispuesto a sacrificar más, en principio debería (en el sentido de probabilidad y en el sentido de merecer) tener éxito. Sin embargo, el que necesita trabajar cuarenta horas semanales para mantener a su familia no puede sacrificar las mismas horas que el joven que vive en casa de sus padres.
 
Por cada historia de éxito, hay miles de historias que acaban en la cola del paro, o peor. Lo insidioso de todo esto es que admiramos (y justamente) a los que han logrado el éxito pese a que todo estaba en su contra, y nos olvidamos de todo lo demás. Una de las personas que más admiro creció en una familia muy humilde y en riesgo de exclusión, y a sus treinta y pocos tiene su propia empresa, con la que da trabajo a muchas personas y lleva bienestar a centenares. Es una de esas historias que nos encantan, porque nos recuerdan que cualquiera puede lograrlo. Pero atención: cualquiera, pero no todos
 
Nos fijamos demasiado en los éxitos, porque son dignos de admirar, y ahí radica uno de nuestros problemas como sociedad. Achacamos el éxito a la convicción y el trabajo duro del héroe, y el fracaso a la falta de estas cualidades en el fracasado. Nos olvidamos del sistema y de que en un país con más del 20% de paro, por puras matemáticas, una de cada cuatro personas es una "fracasada", y de ese 80% restante la mayoría tampoco se consideraría precisamente exitosa. En un sistema como el capitalismo neoliberal no podemos lograrlo juntos, no podemos lograrlo todos. Cada uno lo logra (o no), por separado o en una pequeña comunidad aislada, frente a una mayoría que no lo logra.  
 
La narrativa del héroe nos hace olvidar que los obstáculos los pone el sistema (el que ha sido emprendedor o tiene una pyme lo sabe bien), pero también que el héroe triunfa porque otros fracasan. Esto es inherente al sistema. Si yo abro mi peluquería en un barrio donde ya hay otras diez, no van a aparecer de repente nuevas cabezas que necesiten ser peinadas: tendré que arrebatarle clientes a otro. Le pondré esfuerzo, amor y creatividad, seré el mejor peluquero del barrio y me ganaré esos nuevos clientes, y me contarán entre las filas de los héroes emprendedores, pero no puedo ignorar que en un sistema basado en la competencia mi éxito implica el fracaso de los otros, aunque sea indirectamente.  
 
Sé que esto no es tan simple y que hay muchos otros factores, pero no es mi intención hacer una crítica detallada del neoliberalismo. No tengo la capacidad de hacerlo bien, y para eso es mejor acercarse a lo que dicen los mejores filósofos de nuestros tiempos: Byung-Chul Han, Zizek o Bifo. Mi intención con este artículo es invitarnos a reflexionar colectivamente sobre esa inquietud que nos ronda a muchos en este periodo de confinamiento: el sistema nos ha fallado, resulta patente, pero ¿qué otra opción nos queda?
 
El neoliberalismo lleva mucho tiempo entre nosotros —la mayoría no hemos conocido otro sistema—, y sus argumentos y justificaciones son sutiles. Sin darnos cuenta pensamos desde el sistema y para apuntalar el sistema, sin cuestionarnos si otro modelo al del consumismo desaforado, la competencia feroz y la precariedad sería posible. Un modelo acorde con el aumento exponencial de la productividad, que debería reducir la cantidad de tiempo destinada a trabajar y garantizar que todos cosecháramos los frutos, en lugar de sumir a un porcentaje cada vez mayor de la población en el paro. Esta idea tan simple, que parece de sentido común, es la que el neoliberalismo se ha encargado de pisotear durante las últimas décadas, como si fuera algo utópico e impensable, todo en pos de extraer el máximo rendimiento de cada trabajador. 
 
El otro día una amiga comentaba, "La crisis anterior se debió en parte a que había mucha gente que tenía dinero y no quería gastarlo. El dinero hay que moverlo para generar riqueza. En el 2009 se paralizó la economía por miedo. Si yo me gasto dinero en un café todos los días, la camarera puede ganarse su salario e ir a hacerse la manicura, y la manicurista puede ir a comprar ropa, y la dependienta puede hacerse la depilación..."
 
Tiene razón, en parte. Pero tiene razón dentro del marco de pensamiento neoliberal, que dictamina que todos debemos subirnos a la rueda del consumo para hacer girar la máquina, más y más veloz, y de esta forma generar energía-riqueza para todos. Este es el mismo modelo que está destruyendo el ecosistema y que, además, parece que genera riqueza sobre todo para la élite financiera (porque este no es ya el viejo liberalismo de la modernidad, sino el neoliberalismo posmodernista). Si todos nos ponemos a gastar a espuertas para evitar que el sistema económico colapse, otros sistemas colapsarán y, de todas maneras, no abordaremos el problema real: que vivimos en un sistema ineficaz, pensado para el máximo provecho, vulnerable a cualquier crisis (porque prevenir las crisis no genera beneficios), y que solo nos quiere como consumidores, no como ciudadanos ni como comunidad.
 
Dependemos de este sistema, es cierto. Mi trabajo depende de que alguien consuma un producto considerado de segunda o tercera necesidad: la educación, la terapia, el crecimiento personal. Si la economía decrece y decidimos entre todos destinar menos dinero a cursos, a salir de fiesta, a ropa, a hacernos la manicura y la pedicura, a irnos de viaje... el sustento inmediato y la abundancia de millones de personas se resentirá. Esa tienda a la que decido no ir a comprar ropa, con la dependienta que me conoce por mi nombre y que sabe mi talla y lo que me gusta, va a perder dinero y quizá tenga que cerrar; la dependienta irá menos a hacerse las uñas, o quizá se las haga en su casa, la manicurista tomará menos cafés... A lo mejor la camarera iba a ser alumna del IVATENA, donde trabajo, y este año no se lo podrá permitir. Un decrecimiento económico nos afecta a todos, y esto asusta, y mucho.
 
Sin embargo, no es responsabilidad de los ciudadanos gastar su dinero para reactivar la economía. Gastarlo porque es necesario o porque realmente les aporta valor es otra cosa, pero si reflexionamos sobre muchos de los gastos que venimos haciendo en los últimos años y el ritmo al que consumimos ciertos productos y servicios, seguro que muchos de nosotros observamos que estábamos utilizando el dinero para llenar un vacío. Yo me he dado cuenta de que muchos días salía a cenar por no tener que cocinar, o porque había sido un día largo y quería darme un paseo. También solía lanzarme a la calle muchos fines de semana porque la casa se me comía, no porque me apeteciera realmente quedar con nadie. Estoy segura de que no soy la única.
 
Este sistema, tal y como lo conocemos, no merece ser rescatado. Hay otras vías, y nuestros mejores filósofos, sociólogos y antropólogos llevan años mostrándonos diferentes sistemas, otras maneras de relacionarnos, haciéndonos ver que aunque el capitalismo parece inevitable, realmente no lo es. Esta crisis nos lo enseña. En una entrevista en Ctxt.es, el filósofo italiano Franco 'Bifo' Berardi habla de la "alegría de lo imprevisible". El capitalismo solo parecía inevitable porque no podíamos ver aquello que es imprevisible, pero lo imprevisible es un elemento fundamental de la vida. Bifo comenta:
 
"No se trata sólo de que haya una voluntad de poder violenta, hay también un sentimiento de impotencia: “¿Qué podemos hacer?, ¿podemos parar la máquina productiva? ¡No, no podemos! ¡La máquina productiva es indispensable, sin ella morimos!”... ¡E voilà lo imprevisible! Hemos llegado a un punto en que inevitablemente la máquina productiva se detiene porque si no la paramos morimos. ¡Una paradoja extraordinaria! Si no paramos ahora la máquina de producción justamente vamos a morir a millones. Es entonces cuando la detienen. ¿Pero qué sucede más allá de pararla?"
 
Nuestra responsabilidad no es la de reactivar la economía, nuestra responsabilidad es la de pensar. Pensar qué haremos después, pensar cómo podemos ayudar ahora y en los años venideros. Imaginar, reflexionar, fantasear con un sistema distinto. No sabemos qué aspecto tendrá finalmente, ni sabemos cuál va a ser nuestro rol en él, pero le debemos a las generaciones que nos sucederán todo nuestro esfuerzo y creatividad, no para obtener el éxito individual, que es el fracaso de muchos, sino el éxito de todos. Un sistema fundamentado en lo esencial para la vida, en la preservación del medio natural, en los lazos sociales.
 
Bifo contrapone los axiomas capitalistas del individualismo, la competitividad y la agresión a los valores del decrecimiento, la solidaridad, el contacto y la igualdad. El filósofo entiende igualdad como "la distribución igualitaria de lo que podemos producir". No estamos en la era premoderna, donde lo que podíamos producir era muy poco y la escasez y el hambre acechaban detrás de cada esquina. Estamos en la era de la abundancia, la creatividad, la productividad. Es necesario que pongamos estos valores al servicio de la comunidad, venga lo que venga.
 
Atrevámonos a imaginar más allá de lo que hemos conocido hasta ahora. Pensemos desde fuera del sistema y actuemos localmente, empezando por aquellos que tenemos más cerca, nuestros vecinos, amigos y familiares, formando fuertes redes de cooperación y solidaridad. Dediquemos nuestra energía, nuestro tiempo y nuestro dinero al éxito de todos, no al mío ni al tuyo, ni al de nosotros dos, sino al de nuestra especie. Solo así podremos lograrlo (entre) todos y superaremos este virus y cualquier otra crisis que se nos presente. 

4 Comments on “Logrémoslo (entre) todos”

  1. Qué interesante artículo, atrevámonos a imaginar, sí. Ahora, con la nueva normalidad, tenemos la ocasión de recrearla. , como colectivo, como sociedad que somos.

  2. Hola Marta! Interesante artículo.
    «el aumento exponencial de la productividad (es un hecho), que debería reducir la cantidad de tiempo destinada a trabajar (ya está pasando)
    y garantizar que todos cosecháramos los frutos (este punto es el delicado)».
    Repartir los frutos implica repartir más cosas. Todos tendríamos que aceptar conscientemente que una gran parte de nuestra vida fuese impuesta (controlada) en función de las necesidades del conjunto: número de hijos, horas de actividad, tareas, beneficios…
    Ahora es casi igual, pero bajo una capa de invisibilidad y una falsa sensación de «poder elegir tu destino».

    ¿Preferimos ser miserables soñando que un día seremos como príncipes o aceptaríamos conscientemente la mediocridad y que por el bien de la sociedad habría cosas inalcanzables? Anteponer el bien común al propio es un salto demasiado grande (el ego manda) y creo que tendrá que esperar a una generación futura, si es que llega a producirse.

    Pero quién sabe… ¡E voilà lo imprevisible!

    1. Hola, Gregorio:

      Así es, tienes razón. Ese punto es contencioso porque es verdad que nos resistimos a que ciertas cosas estén fuera de nuestras posibilidades, aunque en la práctica muchas lo están. Podría fantasear creyendo que un día lograré comprarme una isla e instalar en ella una mansión y un campo de golf, pero la realidad es que seguramente no lo consiga jamás, aunque no haya nada que teóricamente me lo impida. En efecto, nuestra vida está controlada en cierta medida, aunque sea indirectamente. En relación al ejemplo que señalas del número de hijos, yo nunca he querido tener, pero tengo amigos que sí querrían y que no pueden permitírselo, por lo que en ese sentido la natalidad de algún modo está controlada.

      Últimamente me viene mucho a la mente la sociedad que dibujaba Ursula Le Guin en «Los desposeídos». Le Guin jamás pretendió crear un modelo ejemplar de sociedad, sino más bien mostrar las deficiencias de unas y de otras y los conflictos inherentes a la naturaleza humana. Sin embargo, la sociedad de Anarres, que para sobrevivir debía emplear a todos sus ciudadanos en labores para las que muchos de nosotros consideramos estar «por encima», me parece un modelo bastante clarividente de lo que podría ser una sociedad fundamentada no en el ego sino en la supervivencia del colectivo, en anteponer el bien común, como tú dices. Esto da para un largo debate y muchas consideraciones, pequeñas y grandes, pero lo importante para mí aquí es resaltar que otro mundo sería posible, y mucho más sano y equilibrado, si todos nos responsabilizáramos de la sociedad en la que vivimos.

      Creo que tenemos el privilegio de estar asistiendo a un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Aunque a lo mejor esto son solo delirios románticos, que estoy segura que cada generación habrá sentido alguna vez (si no que les pregunten a los hippies en los años 60). ¿Hará falta aún otra generación para que cambien las tornas? Puede ser, aunque yo creo que nosotros, todos los que estamos viviendo en la Tierra ahora, sin importar nuestra edad, tenemos el potencial de ser la generación que fomente el cambio.

      Un abrazo. Me alegra verte por aquí 🙂

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