¿Utopía o distopía?

No suelo ver vídeos sobre el cambio climático ni sobre política ni tampoco siquiera sobre catástrofes recientes o venideras. Como yo, estoy segura de que hay mucha gente hastiada de escuchar siempre lo mismo y de sentirse frustrada, deprimida, indignada y, especialmente, culpable. Una de las características de los mass media es la de informarnos hasta el hartazgo, siempre desde una tónica pesimista, y sin promover ningún tipo de acción constructiva, así que llevo un tiempo evitando los informativos, los reportajes e incluso las sugerencias de Youtube que pudieran causarme dolor de cabeza.

Ya tuve suficiente hace algunos meses, cuando descubrí a Slavoj Zizek y su comunismo pesimista. Tiene tanta razón en tantas cosas este hombre que no podía parar de verlo, pero solo conseguía sentirme cada vez más triste. Parece como si la distopía, ese mundo postapocalíptico que lleva décadas entreteniéndonos en películas, videojuegos y libros, fuera inevitable.
Pero ¿lo es? Si nos atenemos a esa etimología espuria del chino que relaciona «crisis» con «oportunidad», esta crisis actual podría ser algo muy diferente de lo que nos pintan los medios. 

No es que el cambio climático no vaya a ser, eso ya no se lo plantea ningún científico cuya nómina no esté pagada por una corporación o un think tank fundamentalista. El cambio climático será, pero está en nuestra mano determinar cuán grave será y qué tipo de sociedad lo recibirá: cómo será su capacidad de adaptación, qué recursos empleará, qué tipo de economía la sustentará, cómo se relacionarán las personas en este nuevo mundo… Habrá que hacer frente a catástrofes medioambientales y humanitarias gravísimas, sin ninguna duda, pero la forma en que lo hagamos determina enteramente si el nuevo mundo será pacífico, cooperativista, tolerante, generoso, resiliente… o todo lo contrario.

La crisis que estamos viviendo hoy puede favorecer una utopía o abocarnos a una distopía, todo depende de cómo nos posicionemos frente a los retos que ya están aquí y los que nos esperan. 

Llevo prácticamente un año sumergida en una tristeza intermitente, que a veces mostraba la otra cara, la de la frustración y la ira. Muchas personas a mi alrededor parecen estar atravesando situaciones similares, por lo que deduzco que es a consecuencia de cómo estamos interpretando socialmente esta crisis. Necesitamos propuestas constructivas y esperanzadoras, aunque no necesariamente optimistas, pues un optimismo que no se observa con el pensamiento crítico puede conducir a la complacencia. 

En estas consideraciones me encontraba yo hace unos días cuando Andreu me enseñó un vídeo que había encontrado por internet, una feliz sugerencia de Youtube que no tenía que ver con gatitos ni con agujeros negros o plantas alucinógenas, un vídeo de Acciona creado por WhyMaps Studio: Cómo evitar el cambio climático MUY RÁPIDO. 

Clickbait del bueno, y empieza dándonos una buena leche, a sabiendas de que la mayoría de nosotros estamos ya casi totalmente insensibilizados. El cambio climático no puede evitarse, y mucho menos «muy rápido». El mensaje del vídeo es otro muy distinto, que reniega de este titular de how-to marketing sensacionalista ya tan manido.

El vídeo funciona, y el final me hizo subir un escalofrío por la espina, pero no un escalofrío de miedo, de aquellos a los que nos tienen acostumbrados, sino de los que provoca la belleza cuando aparece en el momento justo. «La luz es la mano izquierda de la oscuridad». Vuelvo a escuchar las palabras de Le Guin décadas más tarde, y ahora cobran un significado más pleno que cuando la conocí hace quince años.

Tienes que verlo. Si tienes veinte minutos, dedícaselos, porque tal vez sea este el vídeo que necesitabas; para mí lo fue.

¿Y después del vídeo? ¿Qué podemos hacer para que no se quede en un chute de optimismo vacío, para que la información se traduzca en acción y contrarreste la parálisis que nos provoca el miedo? 

Eso ya depende de cada uno de nosotros. Podemos tomar decisiones personales para generar alternativas más sostenibles, podemos movilizarnos políticamente o incluso poner nuestro granito de arena uniéndonos a asociaciones que planten árboles y cuiden del medio ambiente, por ejemplo. Somos seres creativos, cada uno puede generar la mejor vía de acción para sí mismo. 

Aunque seamos solo personas anónimas, sin apenas influencia, poder o dinero, tenemos nuestras manos y tenemos el círculo de amigos y familia, que a su vez tiene otros círculos cada vez más amplios. Esa es la receta del cambio social, y este cambio está gestándose ya. Los más jóvenes lo están haciendo con su Fridays for Future, y tanto si el cambio climático nos va a afectar personalmente como si no, necesitamos unirnos a ellos.

Me acuerdo de Le Guin una vez más y de su utopía ambigua en Los desposeídos. Anarres, una luna casi desprovista de recursos, es el destino del exilio de una facción anarquista, que establece allí una sociedad basada en la cooperación y el trabajo duro, esenciales para sobrevivir en un mundo extremadamente hostil. La sociedad funciona, en muchos casos mejor que la nuestra propia, pese a, o más bien a causa de, el clima de escasez e interdependencia. No está exenta de problemas, como cualquier sociedad humana, pero para mi yo adolescente simbolizaba la posibilidad de unión ante la adversidad y de cooperación frente a un objetivo común que en nuestra sociedad capitalista parece darse solo en caso de guerra. Los desposeídos me enseñó que otro mundo es posible.

Puede que no estemos tan lejos de Anarres. A lo mejor lo que nos hace falta en estos momentos para cultivar nuestra humanidad sea un medio hostil o una catástrofe, igual que la fiebre que produce el cuerpo para sanarse. Puesto que el cambio climático ya está aquí, prefiero pensar que tiene un propósito, que es nuestra oportunidad de sanarnos y sanar nuestro vínculo con el planeta.

Utopía o distopía dependen del ojo con que lo miremos ahora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *