Sobre el uso lúdico de los psicodélicos

Más o menos por estas fechas, hace poco más de un año, tuve la oportunidad de participar en una ceremonia para honrar a los muertos. Era Samhain, la celebración pagana del fin del ciclo de la vida y el comienzo de un ciclo nuevo. Este año he hecho mi altarcito particular en un rincón de la casa, con fotos de mis abuelos y bisabuelos, porque me pareció bonito aquello de honrar a los muertos y dedicar un espacio y un tiempo a recordarles. 

Me puse a recordar también la ceremonia de hace un año, y algunas de las cosas que allí sucedieron y las personas que participaron en ella, a quienes no conocía de antes y a quienes llegué a conocer un poco mejor después. Una de las cuestiones que estuvo rondándome la cabeza estos días fue el uso lúdico de los psicodélicos, también llamados “enteógenos” (etimológicamente, “inspirado por la divinidad”). Allí los llamaban simplemente “medicina”.

La ceremonia empleaba el encuadre de los Cuatro Tabacos, en el que se trabaja el propósito, el agua, el poder y los alimentos, cada uno en una fase, mediante canciones, rezos y el compartir del propio tabaco. El espacio de la ceremonia consistía en cuatro paredes excavadas en el monte y abiertas al cielo, y en el centro una plataforma, el "altar de media luna", para el fuego. En el altar había inscrita una rosa de los vientos y repartidos una serie de objetos cuyo simbolismo desconozco. Al iniciarse la ceremonia sentí como si entráramos en un espacio y un tiempo distintos, el de las fábulas o la mitología, el de los arquetipos, algo al margen de la realidad. Si lo que se teoriza sobre el paso del tiempo como una impresión subjetiva es cierto, ahí se podía sentir y llegar a creer que todo está sucediendo simultáneamente, sin pasado y sin futuro, y que este presente frente al ordenador coexiste con aquel otro en el que me calentaba los pies frente al fuego y escuchaba el tambor de agua, rápido como mis latidos. 

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Esta magia solo se logra cuando se realiza un ritual tal y como debe hacerse, cuidando perfectamente las formas, ejecutando a la perfección cada movimiento, y respetando el orden y el espacio de cada cosa. Porque los objetos sobre el altar, la dirección en la que circulaba alrededor del fuego, la manera de entregar la pipa, la colocación de los participantes… todo seguía unas indicaciones concretas que habían sido transmitidas de chamán a aprendiz, de generación en generación, y aunque uno no entendiera el lenguaje, el inconsciente captaba todas las sutilezas, que servían para transmitir la idea de los ciclos de la vida desde la concepción hasta la muerte.

No me cabe duda de que a la atmósfera mitológica contribuyó el brebaje, que en este caso era San Pedro, un cactus que contiene un alcaloide con propiedades psicodélicas. El amigo que nos llevó a la ceremonia, mucho más experimentado, nos dijo que su habilidad era “abrir el corazón”. A mí me pareció muy suave, al menos en comparación con las setas, que manifiestan un despliegue de luces, formas y colores que estaban ausentes en el San Pedro. También es verdad que no tomé mucho, era mi primera vez. 

A lo largo de la noche, y tras cada canto y cada rezo, pude llegar a conocer mejor a las personas que formaban parte de aquel círculo. Sus problemas eran mis problemas, y sus victorias eran motivo de alegría para todos. Aquel había perdido a su padre muy joven; aquella otra deseaba ser una buena madre; otra agradecía haber escapado a los abusos, y agradecía lo que los abusos le habían enseñado: a poner límites, a ser ella misma. Un hombre mayor, reservado, discreto, agradeció a sus padres, que hacía mucho que habían muerto; intentaba estar a la altura de su legado. Se daban pocos detalles, los justos para que los demás pudiéramos reconocernos en todas las otras personas.

Mis intervenciones fueron escuetas. Estaba mareada y a mí esas cosas me cuestan, sobre todo con desconocidos. Igual me hubiera hecho falta un poco más del brebaje, no sé. Tampoco me había parado nunca a pensar, pensar detenidamente, en los que vinieron antes que yo, en el abuelo que no conocí, la abuela que sufrió durante mucho tiempo demencia sin que nosotros lo supiéramos, la otra abuela con la que apenas tenía contacto. No conté nada de esto, pero me sentí todo el tiempo aceptada, respetada y acompañada. 

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La ceremonia duró unas doce horas, de 8 de la noche a 8 de la mañana, y alrededor del fuego desfilaron las figuras propias de cada Tiempo: la niñez y la juventud, la madurez, la maternidad y paternidad, la vejez. La semilla, el brote, el tallo y las hojas, la flor, el fruto maduro y finalmente el fruto que cae y se pudre, pero contiene una semilla de una nueva vida. La ceremonia era una escenificación de todo esto, y ayudaba a ver claramente en qué lugar nos posicionábamos cada uno, respecto a nuestra vida en general y a cada proyecto y relación en particular: todo son ciclos que se abren y se cierran. Mediante esta escenificación, comprendemos que hay que dejar ir lo que ya no corresponde y aceptar lo nuevo y lo que es propio de cada etapa.

Me imagino que nuestros ancestros entendían esto mucho mejor que nosotros, y creo que muchos de los problemas que tenemos en la actualidad están relacionados con nuestra desconexión del tiempo natural y de las necesidades, la existencia misma, de las otras personas a nuestro alrededor. Graham Hancock, un escritor y defensor de los psicodélicos y la libertad para explorar la conciencia, habló con los chamanes en el Amazonas sobre la enfermedad en Occidente y estos le dijeron: “Es bastante simple. Habéis cortado vuestra conexión con el espíritu”. Ceremonias como esta, con o sin ayuda de psicodélicos u otras “tecnologías de lo sagrado” capaces de inducir estados alterados de conciencia, han sido fundamentales para mantener esa conexión.

También han sido fundamentales para mantener y cuidar el tejido de la tribu. Para conocer y reconocer a la tribu. Hoy en día no vivimos en ese tipo de sociedades, no es posible conocer de esa manera tan íntima a todas las personas de las que dependemos, porque dependemos de muchísimas y porque nuestros vecinos no son los que nos proveen directamente del sustento, la ropa, la casa, los servicios médicos, internet… No es posible volver a un mundo tan reducido como entonces, ni tampoco muchos de nosotros querríamos, pero sí que será posible, considero que incluso necesario, que retornemos a una vinculación más estrecha con las personas de nuestro alrededor, una alianza local, en los pueblos o en los barrios. Aún no sé cómo se hará, pero creo que si no nosotros, nuestros hijos o nuestros nietos lo verán.

Una vez acabada la ceremonia, cada uno volvimos a nuestra casa, en una gran ciudad o un pueblo, a nuestra otra tribu de familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos… Lo que transpiró en la ceremonia nos lo quedamos para nosotros, pero su integración, el poder llevarlo a lo que vivimos en el día a día, no es tan fácil como antaño, y cada uno hace lo que puede. A esa tribu de una noche no la volvimos a ver.

Al día siguiente, ya fuera del espacio ceremonial, despojados de los arquetipos que encarnábamos, volvimos a ser gente corriente, con sus ideas, creencias, inclinaciones políticas… Durante la comida hablamos de cosas que suelen hablarse a la hora de comer, pero también de los psicodélicos y de nuestras experiencias con ellos, y del marco ritual, que mi pareja y yo no habíamos conocido hasta entonces, y ese otro uso considerado “profano”, el uso lúdico.

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¿Qué es el uso lúdico? Tomar psicodélicos en un festival, o por la calle, en casa, con los amigos… lo que sea que no esté mediado por una intención, por un propósito, y dentro de un marco como aquel que vivimos de los Cuatro Tabacos. Para algunos el uso lúdico equivalía a una falta de respeto, un no tomarse en serio la medicina.

Aquello me hizo recordar un verso de una canción que habíamos cantado por la noche: “Cada paso que doy es un paso sagrado”.

Con mi propia tribu he vivido de forma lúdica los psicodélicos muchas veces. En un festival, en casa, en la naturaleza, e incluso por la calle (esto último no acabó de gustarme, pero hay a quien le encanta). He disfrutado de la música, del atardecer, de las estrellas… he reído hasta sentir que explotaba, he llorado algo que tenía atragantado desde hacía mucho, y he tenido conversaciones profundas que, a posteriori, probablemente no lo fueran tanto. He hecho nuevos amigos y he reforzado la amistad con los viejos. Y todo eso dentro del encuadre lúdico. 

“Lúdico” tiene que ver con “juego”, ludus en latín. Lo lúdico es, por definición, lo que no es necesario, lo que no persigue ningún fin. Por tanto, podríamos decir que en cierto sentido es prescindible, y que el trabajo, lo que produce, lo que aporta lo necesario para que podamos comer y dormir bajo techo, es imprescindible. Sin embargo, eso que es prescindible es la esencia misma del ser humano: no vivimos solo para sobrevivir, vivimos también para poder experimentar la vida, hacer cosas porque sí, divertirnos, crear, jugar. El universo mismo, según la concepción hinduista, es un gran juego, es lila, el juego cósmico, la obra teatral del Brahman. 

Entonces, desde esta perspectiva no hay nada más sagrado que lo lúdico. Otra manera de llamar a lo lúdico es “recreativo”. Recrear, volver a crear: el ser humano imitando al universo, a la fuerza divina. Es lo mismo que sucede cuando escribimos, pintamos, hacemos música: replicamos la fuerza creativa original, por puro placer, sin perseguir un fin externo a la propia actividad.

Así que estoy totalmente a favor del uso lúdico de los psicodélicos, del uso lúdico de lo que sea, siempre y cuando no se haga daño a nadie y se sepa bien lo que se está haciendo. Responsabilidad, prudencia y seguridad ante todo, pero también libertad, vive y deja vivir, hazlo a tu manera, con o sin ceremonia, con una tribu ocasional o con tu tribu de amigos, o solo. 

Disfruté mucho aquella experiencia, pese al frío y a que no me sabía ninguna canción, y me siento afortunada por haberla vivido y por haber conocido a aquella tribu de una noche. Me trajo una comprensión más profunda del alma humana y la certeza de nuestra unidad fundamental, tanto en lo bueno como en lo malo: los anhelos, los prejuicios, la fortaleza, la debilidad, el amor y el miedo. Aunque no pudiera llevarme lo que aprendí de ellos personalmente, me llevé la esencia para recordarla en mi día a día, y esa es la parte difícil, recordar, de vuelta en el mundo corriente, las enseñanzas de los psicodélicos y de espacios ceremoniales como aquel en Samhain del año pasado. 

2 Comments on “Sobre el uso lúdico de los psicodélicos”

  1. Gracias Marta por este texto. Estoy totalmente de acuerdo con lo que expresas tu y lo que recoges de otros. Para mí lo más impactante por lo cierto es que estemos desconectados del espíritu. Creo que la religión conectaba a ciertas personas consigo mismas, o cuando menos les proporcionaba valores de los cuales carecían. No todo es negativo en el cristianismo, eso es una visión simplista de quién no ha desarrollado su propia opinión o de quién no la ha fundamentado. No me considero cristiano, pero forma parte de mi ADN por mucho que me pese.
    Me voy por las ramas.
    Gran blog y gran entrada!

    1. Hola, Marcel, muchas gracias por pasarte y comentar!

      Estamos muy desconectados, sin duda. No sé si los psicodélicos son la solución, si acaso pueden ser una herramienta con el potencial de usarse bien o de usarse mal, según el desarrollo de cada persona. Me llama la atención, por ejemplo, que los mayas y los aztecas consumían hongos psilocibe y sin embargo tenían institucionalizado el sacrificio humano. También hay tribus indígenas en el Amazonas hoy en día que consumen psicodélicos y recurren a menudo a la violencia, contra otras tribus y dentro de la propia. McKenna en uno de sus últimas workshops antes de morir dijo que si los psicodélicos no servían para construir una sociedad más ética, entonces ¿qué sentido tenían? No creo que per se sean la solución, los atajos rara vez lo son, pero en buenas manos y con una mente limpia y atenta a las distorsiones, creo que sí pueden facilitar el camino. Igual me equivoco, en esto estoy todavía reflexionando y experimentando.

      Una religión puede proporcionar un marco para el sentimiento espiritual y el vínculo comunitario, no lo veo algo malo que se practique la que sea (siempre y cuando no atente contra la ética, no me gusta caer en el relativismo de «cada cultura debe respetarse»). Otra cosa es lo que se ha hecho de las religiones por aquellos que ostentan cargos de poder dentro de ellas. A mí me gusta la manera de los gnósticos, que rechazaban los dogmas y abogaban por la propia vivencia de lo místico.

      Gracias por tu comentario y por tus amables palabras 🙂

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