Volver a bailar

Esta entrada se la dedico a mi tía Rosa, que falleció el 14 de enero del 2021.

 

Estas navidades han sido para mí un tiempo de descanso, de reflexión y, sobre todo, de agradecimiento. He escrito algunas cartas a las personas que me importaban y aún me quedan algunas por escribir. Hace unas semanas empecé a escribirle una a mi tía Rosa, pero no he podido terminarla a tiempo, así que espero que, de alguna manera, esta entrada le llegue a donde esté.

 

Las cosas son lo que son y no pueden volver a ser lo que fueron. Todo tiene su tiempo y estoy aprendiendo a fluir con él. El otro día estuve en mi vieja escuela de baile, que fue abandonada durante el confinamiento y hace poco se traspasó a otra escuela, también de swing (¡qué suerte!). La parte de mí que se aferraba a lo que fue se sintió triste y enfadada porque habían pintado la mejor sala, la sala de las jams en la penumbra, el sudor y los reencuentros, con un color verde espantoso, y habían quitado todo lo que la hacía característica: las pesadas cortinas rojas que parecían salidas de Twin Peaks, las sillas tapizadas rescatadas de un rastro, la barra reposa-cervezas que cumplía a duras penas su función… La vieja escuela no era ya el oscuro y clandestino espacio de goce y confidencias en una callejuela que se camufla detrás de la gran avenida, sino algo industrial, blanco y amueblado por Ikea. 

 

Pero tras ese primer momento de shock entendí que aquello fue lo que fue y no lo será más. Esto que es ahora es una nueva oportunidad por la que dar las gracias. Andreu y yo podemos volver a bailar, después de mucho tiempo. Caras nuevas, y aunque no hay cambios de pareja durantes los cuales conocernos, hay el mismo disfrute compartido de la música swing y de habitar un cuerpo que puede moverse al compás. Dejé ir la idea de aquella sala donde tanto disfruté para poder hacer espacio en mi corazón a esta otra. Puede que incluso acabe encontrando bonito el verde militar de las paredes.

 

Me da igual que sea un tópico en estos tiempos lo de pararse a agradecer que estás vivo. A muchos nos ha despertado ese sentimiento, ¡y qué bien que sea así! Quizás augure un futuro más consciente para la humanidad. En los últimos meses me he dado cuenta de que la ambición, los deseos, los sueños y los proyectos están muy bien, pero son insuficientes. No, no solo insuficientes: son complementarios. Si tuviera que elegir solo una cosa, elegir entre vivir plenamente el presente y vivir enfocada en lograr algo en el futuro, elegiría el presente, porque mañana puedo no estar aquí y todos esos porvenires se quedarían en nada. No habría vivido.

 

Si muriera mañana, ¿estaría tranquila y satisfecha con mi vida, o me daría rabia y me resistiría porque me han quedado muchas cosas pendientes? Hasta hace un par de meses mi respuesta habría sido la segunda. Ha hecho falta una llamada de atención y un evento un poco esotérico como para explicarlo aquí para que me diera cuenta de que, ¡coño, tengo tanto que agradecer y que vivir al máximo ahora! Tengo 30 años, que son más bien pocos, estoy sana, tengo un techo, un trabajo que disfruto y que me aporta cada día, una pareja maravillosa, mis dos padres vivos y cerca de mí, buenos amigos, comida y calorcito en invierno y aire acondicionado en verano… Y todo lo que he vivido, los viajes que he hecho, la gente que he conocido, las canciones que he bailado… Mucho, mucho que agradecer. Me imagino que todos nosotros podemos hacer un recuento parecido, incluso si ahora estamos pasando por un mal momento.

 

Mi tía Rosa se fue hace unos días. Tenía 80 años y llevaba desde los 70 bastante tocada de salud (aunque perfectamente de cabeza), así que no nos extrañó cuando nos dijeron que el virus había podido con ella. Aunque, la verdad, no creo que nada pudiera con mi tía, porque era una mujer muy “echá p’alante”, robusta, luchadora. Se dejó ir porque ya había llegado su momento. Estaba cansada de vivir forzosamente confinada. 

 

Es una historia un poco larga, pero la intentaré resumir aquí: desde hace algunos años mi tía vivía por decisión propia en una residencia de ancianos porque necesitaba supervisión médica constante. Estaba como en un hotel porque entraba y salía cuando quería, y aunque se quejaba de las comidas, estaba satisfecha. Tenía su rutina de paseos, cine y comidas con la familia. Cuando llegó el corona la obligaron, junto con el resto de residentes, a quedarse encerrada (hasta ahí como todo el mundo). La situación amainó en junio y entonces tampoco le permitieron salir y darse sus paseos al centro comercial. Cuando todos salíamos y hacíamos vida medio normal ella seguía encerrada. Las visitas que pudimos hacerle, en la terraza de la residencia, fueron pocas y por poco tiempo. Desde marzo del año pasado ha estado confinada y ya el último mes lo pasó sin poder salir de su cuarto, encerrada en él las 24 horas porque había llegado el virus a la residencia. Una situación demencial para cualquiera, sobre todo considerando que después de tantas medidas ni siquiera han podido evitar que el virus se extendiera por la residencia, ya que el personal no estaba encerrado y aislado igual que lo estaban los residentes. En fin, despropósitos e injusticias aparte, Rosa ya no está y la echaremos todos mucho de menos.

 

Mi tía Rosa era una de esas personas sin pelos en la lengua, brutota, con mucho sentido del humor y mala leche de la buena, y con un gran corazón. Nació en la posguerra y desde muy joven tuvo que trabajar 12 y 14 horas al día para mantener a su madre y a su tía, y se iba con su maletín cargado de tijeras, cepillos, secador de pelo y toda la parafernalia por toda Valencia para peinar a esta señora y a aquella otra, y a pie porque el autobús costaba dinero. Se sacó, ya mayor, el graduado escolar para poder trabajar como auxiliar de enfermería y estuvo currando a destajo en el mismo hospital hasta que se jubiló. Para entonces se había hecho amiga de todo el personal de planta porque era, simplemente, única. Todo el que la conoció la quiso.

 

En ese hospital conoció a mi madre y se hicieron amigas. Sí, mi tía Rosa no es tía de sangre, pero como si lo fuera. Fue la madrina de mi bautizo, me vio gatear (hacia atrás, como los cangrejos) y me atiborró a croquetas y tartas. Hacía unas croquetas grandes como puños porque según ella era más práctico: solo tenía que hacer una o dos y ya habías cenado.

 

Creo que Rosa estaba satisfecha con su vida, pese a lo duros que fueron para ella los últimos diez meses. Aunque, como ella decía, había nacido “mal y a destiempo”, y tendría que haber nacido ahora. Era una mujer adelantada a su época y con una mente muy abierta. 

 

Al volver a casa del tanatorio me emocioné con el vapor del agua, el agua caliente que salía de la ducha. Qué suerte poder ducharse y quitarse el frío y la pena de encima. Al salir de la ducha, agradecí poder acostarme en una cama y no tener que trabajar tanto como trabajó ella. En la cama pensé que, aunque no sea mi vieja escuela de baile, qué bien poder volver a bailar.

 

Mi tía Rosa vino a verme bailar una vez cuando yo no llevaba más de un año. Se bajó con su tacatá a un local donde hacíamos jams antes y que hace años que cerró. Estaba Andreu. Bailamos juntos. Él y yo estábamos empezando y lo llevábamos en secreto, por si acaso la cosa no cuajaba (miedos que se tienen). Cuando mi tía nos vio bailar se sintió muy feliz, y no sé qué me dijo, ojalá me acordara, pero sé que le gustó “ese chico” y vernos bailar tan bien, aunque a mí me daba vergüenza porque él sabía bailar mejor que yo. Y la música, el swing de los años 20 rescatado un siglo después, qué alegría “estas moderneces”.

 

Ha sido un año difícil para muchos de nosotros. Un año de cambios, de incertidumbre, de adaptación. Sin embargo, al menos para mí, ha sido un buen año. Siento que mi vida ya es suficiente, me siento satisfecha. Podría morirme mañana en paz (sé que esas cosas no se dicen, que es tabú o invita a la desgracia, pero me da lo mismo). Ojalá que siga viva, ¿eh?, porque me gusta mucho vivir y me gustaría seguir caminando en pos de alguno de esos sueños que me rondan. El último es hacerme con Andreu una casa bioclimática y autosustentable en medio del monte y tener un jardín comestible. También quisiera publicar un libro algún día, viajar a Nueva Zelanda en autocaravana y bucear con ballenas, entre otras muchas cosas. Pero habrá estado bien si no se dan ninguno de esos sueños o si se dan otros que aún no alcanzo a imaginar.

 

Gracias, tía Rosa, por tu ejemplo, por tu generosidad, por tu buena mala leche y por esas maravillosas croquetas de medio kilo. Espero que si tienes que volver a nacer ahora sea “bien y a tiempo”. Te recordaré siempre. Te quiero.

 

Marta

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