La fractalidad del proceso creativo

Desde hace unos meses me “emaileo” con una mujer que, como yo, está realizando El Camino del Artista. Ella lo acaba de empezar y yo voy a terminarlo en breve, por segunda vez. Me gusta nuestra correspondencia, espaciada a veces por largos silencios y otras veces casi instantánea, porque me hace pensar y porque me recuerda que todos tenemos nuestros propios bloqueos, aunque cada uno de una forma distinta, en una especie de revisión del Principio de Anna Karenina, algo así como “todos los artistas creativos se parecen los unos a los otros, pero cada artista bloqueado lo está a su manera”. 

En una de nuestras últimas misivas digitales, Ana (así la voy a llamar, en honor al nombre que quería ponerme mi madre) me contaba que al empezar a generar el mundo alrededor de la novela que estaba planeando escribir, descubrió lo fascinante que le resultaba un personaje de su historia que no era la protagonista, y profundizando más en la genealogía y la historia de aquella otra, acabó abandonando la historia primera y, digamos, yéndose por las ramas. 

El relato que empezó con la primera protagonista se quedó colgado y con varios interrogantes abiertos, y a medida que seguía profundizando y descubriendo más ramas del árbol familiar, más cabos sueltos aparecían y más interés le despertaba la historia segunda que la que había iniciado su búsqueda. 

Pensando en ello, me vino a la cabeza la imagen del conjunto fractal de Mandelbrot y sus múltiples iteraciones, cómo cada vez que ampliamos la escala se revelan formas nuevas y a la vez familiares y se puede apreciar la repetición de la imagen inicial en cada paso del proceso. Creo que, si a la mente se le permite vagar libremente y se la acucia a que cree por el placer de crear (novelas, música, cuadros o cualquier cosa), va a tender a querer repetir patrones y profundizar más y más en una idea concreta, o como en el caso de Ana, en la historia de una familia, los padres, los padres de los padres, y los padres de estos... una historia que podría remontarse hasta la historia del primer ser humano pintando bisontes en una cueva.

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En el conjunto de Mandelbrot, cada vez que "ampliamos" la imagen aparecen nuevas formas, algunas de ellas similares a las que ya hemos visto anteriormente.

Encontrar (o crear) patrones es muy placentero, organiza y da forma a lo que parece una realidad caótica y desordenada (que por otro lado no lo es). Cuando exploramos la fractalidad del proceso creativo estamos replicando la manera de crear de la naturaleza

Pienso, sin embargo, que hay un riesgo. Igual que cuando nos ponemos uno de los miles de vídeos del conjunto de Mandelbrot que hay en youtube, la mente puede verse sobrecargada de puro asombro, de la enormidad que tiene ante sí, cuando empezamos a profundizar en la historia detrás de la historia detrás de la historia. Si nos lanzamos a bucear en el océano, más vale que lo hagamos con equipo de submarinismo o habiendo dominado la apnea. Tantas posibilidades, tantos interrogantes abiertos y cabos sueltos, tantos personajes fascinantes, pueden hacer que nos bloqueemos.

También la fractalidad puede convertirse en un escollo si buceamos y buceamos y no paramos de dar con nuevas y fascinantes ideas, en una y otra y todas direcciones, y al final no nos decidimos por ninguna. Cientos de peces nadando y ninguno en mano, digamos. La historia original que tanto nos atrajo al principio la perdemos de vista, surge una nueva y, con ella, la necesidad de seguir explorando sus contornos antes de poder escribirla, y al seguir explorando encontramos una vez más otra historia que la precede o que es simultánea, o futura, y nos perdemos en esta otra.

No creo que nada de esto sea malo necesariamente; creo que, bien empleado, comprendido y respetado, es una gran herramienta creativa. Es la manera natural de crear. Me imagino que cuando Tolkien creaba la Tierra Media su proceso creativo debía de ser algo parecido. En algún momento decidió (o no lo decidió, sino que no pudo hacer otra cosa) que se iba a dedicar enteramente al fractal interminable que era la Tierra Media y sus habitantes, y escribió historias desde la Primera hasta la Tercera Edad, e incluso su cosmogonía.

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Me gusta pensar en Tolkien sentado en su escritorio, fumando su pipa y devanándose los sesos: ¿por dónde empiezo, por Beren y Luthien o por la creación del Silmaril? Tenía que empezar por algún sitio y empezó escribiendo relatos sueltos, lo que más tarde su hijo compendiaría en El Silmarillion. Más tarde escribió El Hobbit, la primera novela que publicó, y durante todo aquel tiempo, largas décadas, estuvo tomando notas para lo que sería El señor de los anillos, cuya composición le llevó 17 años (con varios parones y seguramente un puñado más de canas). 

En algún momento tuvo que decidirse a empezar, a entrar en el enorme fractal de la Tierra Media desde el punto que fuera, y cuando lo hizo no tenía todas las respuestas. De hecho, cuenta, creo que en una de sus cartas, que cuando los hobbits iban camino de Bree y se encontraron con un jinete en la carretera, Tolkien no tenía ni idea de quién podía ser. Solo sabía que no se trataba de Gandalf. Tolkien no sabía aún cómo resolvería los interrogantes que había abierto, pero confiaba en que lo haría en algún momento. 

Estoy segura de que el primer borrador de El señor de los anillos fue calamitoso, porque si no tenía claro siquiera lo de los jinetes del anillo, me imagino que tuvo que hacerle más de dos y tres revisiones al manuscrito antes de su versión final. Diecisiete años me parecen pocos...

Algunas personas nos bloqueamos en el proceso creativo porque tenemos la necesidad de saberlo todo, de tenerlo todo bien claro antes de lanzarnos a una historia. La incertidumbre y el tiempo perdido con la mente en blanco delante de una pantalla que parpadea nos aterra. Por eso nos perdemos en los fractales que produce nuestra mente, que por otro lado son muy necesarios para la riqueza de nuestras historias, son una parte natural del proceso. No sé si este es el bloqueo particular de mi amiga Ana, compañera del Camino del Artista, porque hay una infinitud de maneras de bloquearse, aunque, según dice Julia Cameron, el bloqueo, esencialmente, no es más que miedo.

También yo empecé hace un par de años con una historia que se fue alargando y complicando, y sobre la que tracé complejos mapas, esquemas y genealogías. Un nuevo personaje, en una precuela, captó mi atención, y volví otra vez a acumular ideas, líneas temporales, subtramas y los porqués de los porqués. Apenas abordé esta segunda historia, una tercera brotó de la nada, y otra vez repetí el proceso. En estos momentos tengo cuatro historias a la espera de ser escritas o retomadas. Me resultó imposible despejar todas las incógnitas de ninguna sin antes embarcarme en otra y en otra, porque el proceso de exploración me llevaba a desear escribir esa nueva historia, esa nueva imagen fractal que contiene infinitas nuevas formas en su interior.

Al final uno solo puede renunciar, abandonarse a la incertidumbre y crear, confiando en que los cabos que no ha logrado atar se acaben atando durante el proceso. De esas cuatro historias, he retomado la segunda, no por saber más de ella que de las otras, sino porque es la que en este momento más me atrae. A medida que la escribo, resuelvo también las que la preceden y las que la suceden, y abro también nuevos interrogantes. No es fácil, ni fluye siempre, y muchas, muchas veces tengo que dar marcha atrás, pero es la única manera de que me sumerja en el proceso y lo disfrute plenamente.

Después de todo, para algunas personas, entre las que me incluyo, saberlo todo, todo, todo sobre una historia es despojarla de su atractivo inicial. Por eso nos adentramos en la nueva historia que desvela el fractal, de la que aún no sabemos nada. 

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