Al lugar (virtual) donde has sido feliz…

Cuando pienso en ciertos juegos, aquellos de mi infancia y de mi adolescencia, me vienen siempre un par de versos de aquella canción de Ana Belén, remix de la de Sabina, a su vez adaptación de un poema de Félix Grande. La canción dice: "Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver".
Porque siempre que he vuelto a alguno de aquellos mundos, como ya advertía el poeta, el tiempo lo había trastocado. Pero no al mundo: el mundo de Morrowind jamás cambiará, salvo que le apliques unos mods; el World of Warcraft, pese a los estragos que Deathwing causó, sigue tan pixelado como siempre; los pokemon todavía acechan en la hierba alta. Yo seré la que habré cambiado cada vez que vuelva allí, y la vuelta será agridulce como uno de esos bombones que tiene la abuela sobre el recibidor, comprados durante la Transición en un ultramarinos dudoso.
Y es que entonces yo misma era un ser de fantasía. Me movía la imaginación, no las supuestas reglas del juego. Sí, es cierto: hacía mis misiones, subía a mis pokemon, me presentaba a las raids para eliminar a algún boss, pero también jugaba a encontrar los límites y a crear nuevas reglas. En el colegio me conocían como la capo de la mafia de los pokemon: podía clonarte el pokemon que quisieras y subirlo a nivel 100 en una tarde, por un módico precio. Mi primer impulso cuando instalé el Morrowind fue bordear el mapa entero a nado, hazaña que me llevó varios días y no pocos sobresaltos (había tiburones).
Pero el juego que recuerdo con más nostalgia es el World of Warcraft. Para mí, y para muchos de mi generación, probablemente se haya convertido en un lugar tan real como el pueblo donde veraneábamos, parte inextricable de nuestra geografía mental. A veces voy por la calle y me viene a la mente Karazhan, como el que se acuerda de un viaje a Praga. Debe de haber estudios sobre esto, pero no sé por qué keywords buscarlos en Google.
El WoW era para mí un mundo plagado de secretos. Si lograba escalar aquella colina, saltaba con las botas cohete y me dejaba caer suavemente con el paracaídas, llegaría al otro lado de la montaña, una zona vedada que los diseñadores apenas habían pincelado, donde la fantasía se rompía. Atravesé algunas montañas, nadé hasta los límites de la fatiga, pero otros lugares resultaron inexpugnables y siempre permanecerán así en mi imaginación: ¿cómo sería el Monte Hyjal cuando no se podía volar allí? ¿De verdad había un teletransportador escondido en la fumarola verde de un volcán? ¿Es cierto que en una cueva remota en Tuercespina aparecía una vez al mes, por unos minutos, un personaje que vendía una montura de tigre de bengala única en el juego? Los calabozos de Karazhan, el arbusto en llamas de reminiscencias bíblicas, el pasaje a la vieja Ironforge...
Da igual que fuera verdad o no (rara vez lo son estos mitos), lo importante era la emoción que suscitaban. Jugábamos en medio de miles de secretos, de historias que tenían lugar a puertas cerradas; como en la vida real, pero con el añadido de una pizca de magia.
De mayor, pocos juegos me han fascinado de la misma manera. Los secretos están ahora todos al alcance de un clic, cada personaje y cada piedra colocados en el camino tienen un propósito: darte una misión con la que subir nivel o morir a tus manos. Sí, también la piedra. Incluso el propio WoW, años después, perdió gran parte de aquel misterio inicial. Las zonas nuevas, donde se podía volar, no las exploré con intención de desvelar ningún secreto, sino de transitarlas de la manera más eficiente posible, acabar con los malos aquí y allá y pasar al área siguiente.
Al lugar donde fui feliz, no debiera haber tratado de volver.
Pero creo que, en el fondo, estoy equivocada. Sí que hay secretos aún, sí que hay misterios; quien ha cambiado soy yo, no esos viejos juegos. Es posible recuperar la magia, siempre y cuando estés dispuesto a volver a mirar al mundo (virtual o no) con los ojos ávidos de un explorador, no como el veterano hastiado que cree saberlo todo.
No sé si volveré a esos mundos de fantasía alguna vez, pero si lo hago espero que sea recordando la niña que una vez fui: inquieta, preguntona y creativa. Y pienso volver a intentar escalar las montañas detrás de Uldum, calzando botas cohete y con un paracaídas a la espalda.

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