Necesitamos disciplina

«Disciplina» es una palabra fea, ¿no te parece? O al menos es algo que se ha afeado en los últimos tiempos, en que la vemos como lo opuesto a lo natural, inspirado o intuitivo. Yo también la veía así hasta hace poco, a pesar de que siempre he pensado que era muy útil, pese a lo fea y aburrida que pudiera ser.

Me he reconciliado con la disciplina, la fuerza de voluntad. He empezado a entenderla como lo que verdaderamente es, una herramienta que puede servirnos para ser más conscientes y responsabilizarnos de nuestra propia vida, y la he aligerado de toda esa carga negativa que se le ha puesto injustamente. La disciplina no tiene por qué significar rigidez, aburrimiento, una vida gris o estática, siempre y cuando sepamos cómo ponerla al servicio del disfrute de la vida. De hecho, sin una buena fuerza de voluntad no creo que sea posible una felicidad sana y duradera.

La disciplina es más compleja de lo que parece, y puede ser un arma de doble filo. Muchos de nosotros la llevamos al extremo, sacrificando constantemente el presente por alcanzar nuestras metas, sin pararnos nunca a disfrutar del momento. Sin embargo, también en este caso la disciplina es nuestra aliada: si sabemos que tendemos a proyectarnos hacia el futuro, adictos a tachar cosas de nuestra lista, necesitamos de la disciplina tanto como la persona que posterga una y otra vez aquello que debería estar haciendo. Necesitamos la fuerza de voluntad para detenernos y mirar hacia el presente, igual que el procrastinador la necesita para detener sus impulsos y observar qué es aquello que le hará feliz en última instancia.

La disciplina y la fuerza de voluntad repercuten en muchos ámbitos, no solo en el de la autorrealización y la felicidad: en la crianza de los niños, en los problemas de adicción, en cuestiones de salud (obesidad, sedentarismo), en las relaciones interpersonales, en el éxito académico y empresarial… Ejercer la fuerza de voluntad nos mueve de la respuesta automática e inconsciente, la respuesta de lucha o huida, hacia la respuesta de pausa y planificación, de modo que modera la impulsividad y la agresividad, el derroche, las conductas adictivas, la procrastinación, las elecciones poco saludables, las malas notas… (1) Nos redirige de una orientación hacia el presente y la gratificación inmediata a una orientación de futuro, hacia la persona que queremos ser dentro de unos años y hacia lo que queremos lograr para nosotros y para el mundo. Nos coloca en nuestro centro y nos ayuda a disfrutar de lo que ya tenemos y de lo que ya somos. Disciplina es consciencia.

Un dato que me alucina es que el único elemento de la personalidad capaz de predecir el éxito futuro de los niños es su fuerza de voluntad, su capacidad para autogobernarse (3). No su coeficiente intelectual, ni su autoestima, ni su extroversión/introversión, ni siquiera saber desde pequeñitos qué es lo que quieren lograr en la vida. Simplemente tener una fuerza de voluntad suficiente para perseverar cuando los demás abandonan. Y el éxito no se mide solo en referencia a su estatus económico, sino en todas las demás áreas de la vida: relaciones saludables, equilibrio emocional, salud física y mental…

Por suerte, la fuerza de voluntad puede seguir fortaleciéndose a lo largo de toda la vida. No es como la apertura de piernas de los bailarines, que tienen que lograrla cuando aún son pequeños, sino que si nos lo proponemos podemos convertirnos en personas perseverantes y, sobre todo, que tienen buenos hábitos. Porque los buenos hábitos son lo más importante. Una persona con una gran fuerza de voluntad se distingue no por ser capaz de resistir las tentaciones más seductoras (aunque también tendrá cierta ventaja en esto), sino en tener los mejores hábitos y saber evitar las situaciones más problemáticas.

Una persona capaz de autogobernarse evita responder a un insulto cuando sabe que está enfadada y espera a que la emoción remita; llena su despensa de comida sana y coloca los frutos secos a la vista en lugar de los caramelos; pone en primer lugar en su lista de tareas lo que más le cuesta, porque sabe que más tarde estará demasiado cansada; piensa en el ejercicio y la meditación no como algo que requiere tiempo y energía sino como actividades que la recargan; entiende el fracaso no como un fallo personal sino como una parada técnica y una ocasión para observar por qué ha fracasado y qué puede hacer mejor; se pone metas pequeñas y realistas, pero diarias, pensando en que habrá días en los que no podrá darlo todo…

Parece que una persona que cultive esta cualidad tendrá ante sí una vida con menos altibajos y será capaz de hacerles frente cuando estos lleguen. Para mí tiene absoluto sentido que la fuerza de voluntad sea el elemento determinante de la felicidad, y el autoestima sea solo un derivado de esta, en lugar de, como ha venido pensándose desde hace algunas décadas, que la autoestima sea el elemento determinante del que derivan las demás buenas cualidades. De hecho, estudios recientes han observado que es más habitual que personas racistas, sexistas, homófobas o incluso aquellas que han cometido crímenes violentos tengan también mayores niveles de autoestima. (4) Tendríamos que ver qué clase de autoestima es esta y qué esconde, por supuesto, pero es evidente que la correlación de la autoestima con una vida más consciente y feliz no es tan sencilla, mientras que la fuerza de voluntad sí que se ha visto una y otra vez relacionada con la felicidad y la salud.

Hoy en día tenemos más tiempo libre que nunca. Se dice que no pasamos más de una quinta o cuarta parte de nuestro tiempo trabajando. Si descontamos el tiempo que necesitamos para el mantenimiento de una buena salud (comer, dormir, hacer ejercicio, socializar), todavía nos quedan muchas horas disponibles, que podemos llenar a nuestro antojo. Se trata de una situación sin precedentes en la historia de la humanidad, una cantidad de ocio que antes solo podían disfrutar los aristócratas o los reyes. Sin embargo, muchos de nosotros no sabemos qué hacer con el tiempo que tenemos y lo despilfarramos con una lista de tareas interminables o con un ocio que acaba siendo «para pasar el rato». Tenemos miedo a estar con nosotros mismos, en silencio y en soledad, y hacernos las grandes preguntas, por lo que buscamos rápidamente cualquier cosa que nos entretenga, o nos embarcamos en proyectos que en realidad no tienen nada que ver con nosotros, por no sentir que el tiempo pasa a nuestro alrededor.

Ante todo este tiempo libre, lo que necesitamos es también una fuerza de voluntad sin precedentes. Una capacidad de autogobierno que nos ayude a identificar nuestras metas y dedicarles una parte diaria y constante de nuestro tiempo, pero también para parar y disfrutar el momento presente. Para cuidar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras relaciones, para seguir aprendiendo, para ponernos retos, para salir de la zona de confort… A falta de esta fuerza de voluntad, cualquier cosa secuestra nuestra atención. No en vano se habla de economía de la atención, pues este es un recurso limitado ante la gigantesca oferta de entretenimiento de la que disponemos ahora.

Por eso es fundamental cultivar este atributo. Cuando nos convertimos en personas con autodeterminación y gobierno de sí mismas, podemos elegir con consciencia de qué manera empleamos nuestro tiempo. Esto no significa dejar de lado completamente todos los nuevos dispositivos, entretenimientos y aplicaciones, sino usarlos con templanza, una virtud que ya importaba enormemente a los griegos y que necesitamos ahora más que nunca.

Por todo esto, te voy a dejar aquí algunas de las claves sobre la fuerza de voluntad que a mí me han resultado más útiles, para que, si te interesa y es el momento, puedas comenzar a plantearte maneras de fortalecer tu voluntad y de dirigirla hacia lo que más te importa. Si quieres seguir explorando este fascinante campo, más abajo te dejo la bibliografía que he consultado para escribir este post.

  • ¿Es la fuerza de voluntad un recurso limitado o ilimitado? Hay estudios que apuntan en las dos direcciones. Según Baumeister, la fuerza de voluntad disponible en un determinado momento depende de lo cansados que estemos (agotamiento del ego) y de la glucosa de la que disponga el cerebro; sin embargo, estudios posteriores no han encontrado correlación entre la glucosa y la voluntad (3) ni tampoco han podido observar el fenómeno de agotamiento del ego. Ciertos estudios han llegado a una hipótesis muy interesante: que sea o no sea ilimitado depende de la creencia de la persona. Una persona que cree que su fuerza de voluntad es limitada, cejará antes en su empeño que otra que no lo crea así. Sucede algo similar con la sensación de fatiga que experimentan los atletas profesionales: saben que se trata de una señal del cerebro que no se corresponde exactamente con el nivel de cansancio real de sus músculos, por lo que continúan esforzándose más allá de la señal de parar.
  • La fuerza de voluntad y la disciplina sirven sobre todo para crear nuevos hábitos. Cuando la motivación está más baja (y la motivación siempre tiene subidas y bajadas, como la marea), ejercer la fuerza de voluntad para continuar con la cadena del hábito ese día, al siguiente y al siguiente, es lo que forja a largo plazo un hábito. Un hábito asentado no requiere apenas fuerza de voluntad para ponerse en marcha: lo hemos logrado interiorizar hasta tal punto que se vuelve algo automático (lavarse los dientes, por ejemplo).
  • Resulta paradójico que las personas con más disciplina son las que menos tienen que utilizarla a lo largo del día, porque ya han implementado la mayoría de hábitos que les benefician.
  • Es muy beneficioso incluir en nuestra rutina días de descanso, cheat days, en los que no ejecutaremos la rutina habitual. Por ejemplo, este día comeremos lo que nos apetezca, veremos seis capítulos seguidos de alguna serie o no haremos ejercicio; lo que sea que nos estemos proponiendo, lo ponemos en pausa por un día, con la frecuencia que nosotros encontremos más conveniente (a la semana, quincena, al mes…). Esto nos ayudará a volver a la carga con más energía, a ser más flexibles y a motivarnos. Eso sí, con mesura: no te boicotees. Si intentas perder peso, hincharte a tartas los viernes puede dar al traste con todo el progreso de la semana: una mesurada porción de tarta, sin embargo, no hace daño a nadie.
  • Puedes recompensarte por haber logrado seguir con la rutina durante un determinado número de días. Esto los videojuegos lo hacen muy bien y es uno de los motivos por los que enganchan tanto: cuando logras subir una pequeña cima te dan una pequeña recompensa, y por la cima más alta, una mucho más grande; además, están constantemente implementando nuevas cimas para que siempre queramos seguir escalando. Quizá deberíamos aprender de este diseño tan inteligente y aplicarlo a nuestra vida. Lo que yo hago es pegar pegatinas de colores en una hoja de libreta por cada mini-meta lograda, y cuando tengo suficientes pegatinas, las canjeo por una recompensa. Las recompensas las he pensado de antemano para que me haga ilusión ir llenando las hojas y que llegue el día de canjearlas.
  • Proponte solo un proyecto/hábito a la vez. Los propósitos de Año Nuevo fallan no porque no seamos capaces de cumplirlos sino porque nos proponemos demasiado: muchos objetivos ambiciosos al mismo tiempo. Para que un hábito se termine de formar en tus ganglios basales (parte del cerebro inferior o reptiliano) puede necesitar hasta 254 días (2). Sé paciente.
  • Utiliza el precompromiso y las líneas claras para facilitarte las cosas. Decide de antemano qué vas a hacer si, por ejemplo, te encuentras cansado una mañana y no te apetece escribir, dibujar, componer… Puedes precomprometerte a escribir aunque sea solo durante veinte minutos, o escribir algo diferente y que no tenga que ver con tu proyecto, o trabajar una descripción o una escena posterior o alternativa… O a lo mejor quieres implementar la rutina de hacer ejercicio y sabes que de vez en cuando te duele la espalda: decide qué harás cuando esto suceda. A lo mejor puedes tener preparado un vídeo de Youtube de yoga para la espalda para ese día. De esta forma no romperás con el hábito por una circunstancia poco favorable, sino que estarás preparado para ella.
  • Existen ciertos hábitos (llamados «clave» o «transformacionales») que ejercen un efecto positivo, tipo dominó, en muchas áreas de nuestra vida al mismo tiempo, incrementando la fuerza de voluntad en general. Son hábitos de aseo e higiene personal (hacerse la cama, lavarse los dientes, arreglarse antes de salir de casa o para estar en casa) y hábitos como la meditación y hacer ejercicio. Implementar estos primero puede ser una buena estrategia para que a la vez mejores en otros hábitos, como estudiar, beber menos, comer mejor…
  • Cuando falles (no «si fallas», «cuando», porque fallar es inevitable), lo mejor es tomárselo como una parada para reponer fuerzas y mirar alrededor. La autocrítica y la culpa son contraproducentes, porque generan un sentimiento negativo sobre el fallo y sobre nuestras capacidades e impiden que podamos analizar qué ha ido mal. Aceptar el fallo como algo natural, ser compasivos y seguir adelante es lo que permite asentar un hábito a largo plazo. De hecho, no tiene ninguna relevancia en la formación de hábitos a largo plazo que hayamos perdido un día, pero sí lo tiene si a causa de ese fallo dejamos el hábito durante una semana, sintiéndonos culpables e incapaces. Olvídate de no fallar nunca, pero proponte ser esa persona que «no falla dos veces seguidas».
  • Ayuda muchísimo evaluar nuestras metas con cierta frecuencia. Ver si estamos yendo en el camino correcto, observar los progresos que hemos hecho y remediar los conflictos que hayan podido surgir entre diferentes metas. Poder equiparar lo que hacemos en el día a día con la visión del futuro lejano a la que aspiramos es fundamental para mantener la motivación, y la motivación es el combustible de la fuerza de voluntad.
  • «Escribe o nada». Este es un hábito absolutamente brillante que tenía Raymond Chandler y que se puede aplicar a casi cualquier cosa. Él lo utilizaba para escribir, pero podemos usarlo para estudiar, dibujar, componer… Se trata de designar un espacio de tiempo en el que nos proponemos realizar una actividad nada más, pero si esta no sale adelante, no haremos ninguna otra cosa. Ni mirar el móvil, ni limpiar la casa, ni leer… No estamos obligados a escribir (imagina que no se te ocurre una sola palabra ese día), pero nos comprometemos a no hacer nada más. La disciplina que necesitas aquí es para evitar hacer cualquier otra cosa, porque es típico que en estos momentos querramos aprovechar para hacer algo «productivo». Si hacer cualquier otra cosa está vetado, tarde o temprano acabarás escribiendo algo, seguro; o al menos habrás ejercitado el músculo de la fuerza de voluntad.

Estoy convencida de que la fuerza de voluntad es una capacidad que necesitamos rescatar, pues está en la base de muchas otras virtudes. Al igual que practicar la meditación o hacer ejercicio repercute en salud en todos los ámbitos de nuestra vida, la fuerza de voluntad repercute también en prácticamente todo lo que podamos imaginar: buenas relaciones, autoconocimiento, consecución de nuestras metas, éxito profesional, mayor disfrute del ocio, más compasión y menos egoísmo, cooperación y solidaridad…

Durante mucho tiempo he sentido suspicacia al respecto de esa cosa tan ambigua que es «dejarse llevar», «fluir», «seguir la intuición». Me parecía que estaba enemistada con la fuerza de voluntad y, por tanto, que quizá la fuerza de voluntad fuera algo incómodo, rígido, más de autómatas que de humanos y estaba equivocada en pretender cultivarla. Ahora tengo una idea diferente al respecto.

Puede que por «fluir» algunas personas entiendan lo que yo entendía: hacer lo que te pide el cuerpo, dejarse llevar por las emociones…, pero no creo que esto sea lo que realmente significa «fluir», al menos no parece ser lo que quería decir Lila, mi arteterapeuta aquí en Valencia, hace un par de años. Entonces, dejarse fluir me parecía que estaba reñido con seguir una vida disciplinada, regida por los hábitos. Parecía prometer aventura y diversión, mientras la otra anunciaba una vida monótona y aburrida.

Conforme pasa el tiempo creo que fluir no es el yang del yin de la fuerza de voluntad, sino esa línea curva con forma de ese que se encuentra entre las dos mitades del símbolo, como un río que lo parte. A un lado, la orientación de futuro, y al otro, la del presente. Disfrutar el ahora y trabajar por un futuro mejor. Poder mirar atrás con satisfacción ante la vida que nos hemos labrado. Seguir mirando adelante, felices por poder aportar algo al mundo con nuestra vida.

Referencias y bibliografía

  • (1) The Willpower Instinct, Kelly McGonigal
  • (2) The Science of Daily Self-Discipline, Oliver McAndrew
  • (3) Willpower: Rediscovering the Greatest Human Strength, Roy F. Baumeister
  • (4) «Relation of Threatened Egotism to Violence and Aggression: The Dark Side of High Self-Esteem», Roy F. Baumeister, Joseph M. Boden y Laura Smart. Psychological Review S, No. 1,5-33.
  • (5) Beyond Willpower, Alex Loyd
  • (6) The Little Book of Big Change, Amy Johnson

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